jueves, 16 de julio de 2015

X - parte I

Entre la densa oscuridad que reinaba en las noches sin luna, el ladrón oteaba desde un alto tejado, buscando una oportunidad entre las callejas de aquella ciudad puente. 
Era ya la segunda noche que pasaba buscándola, pero en el año 103 de Ocupación lo que contaba era la paciencia, pues para el miembro de una raza perseguida lo único que le salvaba de la muerte era actuar de la manera en la que su enemigo no podía: con conocimiento de causa y la lentitud otorgada por la experiencia y la táctica. 
Estando el país tiranizado por la escoria humana, el serelyan pasaba los días observando el comportamiento de aquella inútil e impaciente especie animal: Aquellas ratas no llegaban a percibir su propia existencia antes de que su vida les abandonara y les mostrara lo triste y vacía que había sido, siendo seguidores de la locura y los instintos más primarios desde los primeros años: Y aún así habían conseguido conquistar tres países y diezmar a razas superiores, aprovechando la ventaja de su corta vida y rápido ciclo reproductivo, con los cuales conseguían ejércitos en el tiempo en que un niño Astiano nacía y crecía. Dotado de una longevidad envidiable, el ladrón sin nombre observaba aquella era desde la distancia que le regalaba su superioridad, sabiendo que, pronto, aquellos siglos no serían más para él que un recuerdo. De todas formas no era estúpido, y podía reconocer en los humanos una amenaza; torpe, lenta y tonta, pero igualmente mortal. Ineptos de todas formas todos ellos, pensaba él desde su perspectiva aérea.

Analizaba con cuidado ahora toda conversación y persona que sus agudos sentidos captaran, esperando a la oportunidad perfecta, aquella sin resquicios de seguridad que pudieran conllevar la muerte: Aún se preguntaba por qué había aceptado el trabajo, pero la verdad era, y lo sabía, que las emociones que encontrara en su juventud en actos más pequeños solo la paladeaba ahora cuando su vida estaba puesta en la balanza.
Sus cincos sentidos se centraron en dos hombres, uno pequeño y asustado, otro menos pequeño y con un ego desmedido. Hablando acaloradamente enfrente de un establecimiento que los iluminaba, el ego aplastaba al enjuto hombre con cada palabra que salía de su boca.
     - Te dí una semana - Decía el ego - has tenido tiempo más que suficiente. Si no lo consigues esta noche...
     - ¡No, por favor! - Exclamó el cobarde, casi de rodillas en el suelo - Dame más tiempo! Te pagaré! Lo aseguro!
     - Mi tiempo vale dinero, así que no solo me debes, además, me estás haciendo perder más. ¿Quieres hacerme perder más dinero?

   El ladrón sonrió bajo su máscara. Una vez más, los humanos le regalaban una escena de teatro en la cual los actores hacían todo lo posible para interpretar correctamente un guión superfluo y aburrido. Dejó de escuchar en ese punto, pues ya había encontrado lo que andaba buscando y prestar más atención a aquella cháchara le era innecesario. Así pues, alzó la vista y oteó el horizonte oscuro, pensando en su destino y en los siguientes pasos que efectuaría para llegar a él.
Había comenzado el encargo hacía una semana, en un lugar lejano a donde ahora se encontraba. El hombre había acudido a altas horas de la noche a ofrecerle el negocio, sin cita previa, simplemente encontrando al ladrón sin nombre cuando nadie más podía hacerlo. No se asustó, pues nada en aquel mundo podía causarle temor cuando sus ojos negros ya lo habían visto todo, pero la curiosidad que le causó aquel ser incentivó su interés por el encargo.
Ahora se encontraba en la penúltima ciudad puente antes de llegar a la capital, Canales del Mar de Ettgir. Siendo aquel arco de piedra un caos de edificios, remontando el gran río que partía Dhörendhas de Lhërëndhas, el olor a humedad y la podredumbre de la madera mojada que lo rodeaba no eran comparables al hedor que desprendía la escoria humana que hacía allí su comedia. Abajo, sobre las aguas, los muelles repletos de barcos estaban cerrados, pues no se permitía la navegación nocturna: Debía encontrar un barquero que lo llevara hasta la ciudad y, si todo iba bien, lo sacara de allí al terminar el trabajo.
En ese momento percibió movimiento, y observó como el pequeño hombre, que había reconocido como hombre de mar, o de río en este caso, andaba nervioso por la calle central. Comenzó pues la persecución por los tejados, moviéndose con la agilidad de un felino, sin hacer ruido alguno.
El barquero no tardó en llegar a su destino, pues las ciudades puente no eran excesivamente grandes ni tortuosas, y el ladrón observó como se introducía en un hogar vigilado. En la entrada, dos matones se rieron por lo bajo al ver llegar a su preso, y en el acceso trasero dos más guardaban el paso sin conocer todavía las novedades.
La casa era mediana, destartalada: al observar el tejado el ladrón pudo ver que su aterrizaje no sería silencioso, pero no le importaba matar a unos cuantos humanos si era preciso, por lo que le pareció tan buena opción como cualquier otra. Esperó pacientemente a que se establecieran los puestos: los guardas permanecieron en las puertas, y una ventana se iluminó. Dedujo que allí se encontraba el barquero y planeó la ruta de entrada.
Normalmente su rumbo no se desviaba, pues era de los mejores pícaros que se conocieran y su destreza era notable, pero, de vez en cuando, prefería dejar las cosas al azar. Cuando su cuerpo le pedía acción no era nadie para detenerlo, y el sigilo extremo era prescindible: Si alguien escuchaba algo no viviría mucho para contarlo.
Así pues saltó sin un punto de aterrizaje pensado, yendo a caer sobre la techumbre de un leñero poco más alto que él. Una teja se rompió bajo sus pies, y el serelyan sonrió bajo su máscara al escuchar reaccionar a los guardas de la puerta trasera. Sigilosamente, se ocultó entre las sombras del edificio y observó a los patanes: Aún no los mataría, prefería disfrutar de su actuación antes de sesgar sus cuellos infectos.
Comenzó a trepar la casa con la maestría de un simio y se refugió en el tejado observando, una vez más, su alrededor. Dos matones, uno de la entrada frontal y otro de la trasera, se habían reunido para comentar las nuevas: El de la entrada frontal explicaba la llegada del barquero y la noticia de que, quizás, aquella noche sería la última de vigilancia. El del acceso trasero comentaba que quizás sería la última noche de vigilancia por que parecía haber un intruso por los alrededores. Tras aquello, las cuatro sabandijas cambiaron su rutina y empezaron a otear desde sus puestos, pensando que con aquellos inútiles ojos podrían darse cuenta de lo que pasaba a su alrededor.
El ladrón se dispuso entonces a introducirse en la vivienda; la chimenea estaba apagada, y no se observaban resquicios de calor en el fondo. Así pues se deslizó por ella, frenando su descenso con manos y pies contra las paredes, y aterrizó suavemente en el fondo. Una nube de ceniza y polvo se elevó unos centímetros, alrededor de sus pies, y él sonrió para sus adentros. Era en aquellas cosas en las que sus ojos se detenían un segundo más; en la perfección de los elementos dando una reacción a cada una de sus acciones, al fino humo creando olas de ceniza en miniatura cuando sus pies se posaban en el suelo con la delicadeza de un depredador, tras una caída muda. En completo silencio, la negrura de sus ojos recorrió la habitación, inspeccionando el espacio que más tarde recorrería su cuerpo. Allí, observó el rostro de una niña. Ésta, en brazos de su madre, abrazaba algo entre sollozos quietos. La adulta se mordía el labio en un intento desesperado de aguantarse las lágrimas, pues la entereza de su pequeña dependía de la suya propia. El ladrón acarició el filo de sus puñales arrojadizos y observó, esperando que el metal le susurrara acciones en el alma: su principal guía era su instinto, no su mente, por lo que sus actos estaban manchados de la perfección de su ser. Una vez más su paciencia se vio recompensada, pues pudo escuchar a los guardas entrando violentamente en la casa: la mujer no pudo evitar un chillido, y su hija la siguió. El momento perfecto para que sus manos lanzaran el acero con la velocidad, suavidad y certeza de un profesional. La pequeña lo recibió directamente en el corazón, muriendo al instante y en paz, y su madre llegó a ver el abismo negro de los ojos de su asesino justo antes de que su proyectil atravesara su rechoncho cuello y su cuerpo comenzara a desangrarse. Los gritos terminaron y ambas cayeron al suelo con un golpe sordo: Todo quedaba encubierto y excusado con las acciones de los bravucones invasores.
Salió entonces el ladrón por la única puerta de la habitación y observó a los dos guardas que había dejado para luego subiendo estrepitosamente las escaleras: Uno no llegó a pisar el último escalón, y el otro apenas consiguió ver a su agresor antes de caer al suelo con el cuello abierto. Sin alterarse lo más mínimo, el sin nombre recorrió el pasillo y atravesó las puertas con la mirada. Al final de éste, mirándole de frente, una puerta cerrada no lograba disimular la luz que ardía en su interior. El serelyan se detuvo enfrente. Sabiendo que aquella no era la entrada que estaba buscando, observó a su derecha una ventana: la suave brisa acariciaba sus cortinajes y sus portezuelas abiertas le observaban, cómplices. El ladrón, con un gesto ágil, saltó al alfeizar en busca de aquel ventanal iluminado que guardaba a su presa...